Troquelar

Dirían que al expresarse parecía un libro abierto, pero mordido por el tiempo, de modo que con la tinta que quedaba en sus palabras, estas sólo podrían sobreentenderse e interpretarse; muchas veces, de modo poco acertado.

Aunque los bordes del libro estén gastados, quemados, devorados por los hongos de la humedad, las dulces palabras que una vez alguien escribió en él tenían miedo de mostrarse, de dejarse entender, por si volvían a arrancar alguna de sus preciadas páginas, por si alguien volvía a empaparle de lágrimas y después se llevaba esas páginas que tal llanto habían provocado. Tenía miedo de que el mundo supiera que estaba ahí; tenía ganas, simplemente, de que aquellos que realmente entraban entre sus páginas, fuesen los escogidos para llevarse su grata compañía.

Cuando se sentía mutilado, pensaba: he dejado que alguien me importara lo suficiente como para dejarme abrir; me he dejado confundir entre su vida y la mía; he olvidado la combinación de la caja fuerte. He dejado que todo me importara y que nada fuese liviano. Y eso, me enoja.

julio de 2008

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