Cuando buscamos encuentros casuales

No es una pequeña desgracia ajena el motivo que impulsa a nuestro inconsciente a buscarnos en todo lugar. Tú sabes que no voy a estar ahí y yo sé, que no te vas a cruzar en todos mis caminos diarios.

Podemos mirar de reojo la pantalla del teléfono, esperando que aparezca el dibujo de un sobre o mordernos las uñas mientras el icono de gmail cambia de gris a rojo. Todo se resume en una liviana espera que agoniza por dentro y emite un pequeño grito que se transmite como un calambre por la espalda hasta que, por algún motivo, el calambre se transforma en un impulso eléctrico que agudiza nuestros sentidos más propios y vuelve a conectar nuestros mundos.

De pronto los colores cambian y nuestros mundos conectas. Pego la nariz a la pantalla del ordenador y a veces, coloco las yemas de los dedos en ella. Y es un tanto frío el sentimiento que confunde a mi sonrisa, la cual he guardado desde el último día, porque muere de ganas de reencontrarse de nuevo con la tuya, cara a cara.

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