Dios, todo un comodín

¿Dios? ¿Quién no ha repetido una y otra vez ese nombre que desde pequeños nos enseñaron a escribir con mayúscula, como si de un nombre propio se tratara? Desde luego, desde pequeña, y haciendo omisión del pequeño detalle de recibir educación en un colegio regentado por moscas, digo, por monjas, bien clarito nos dejaron que Dios se escribía con mayúsculas, como si del nombre de nuestro compañero de pupitre se tratase, o como si nuestro propio nombre escribiésemos. Recuerdo vagamente como en el preescolar, nuestra profesora nos entregaba una ficha con nuestros nombres y apellidos para que aprendiésemos a escribirlos, y luego como borregos llegásemos a casa para demostrar a nuestros padres que de algo servía el recibo del colegio. Ese es otro tema.

Para los que hemos perdido la fe, o para aquellos que nunca la han encontrado, este nombre se convierte en una simple expresión, que como bien comentaba el otro día, no es más que una palabra comodín, casi del mismo uso que frecuentes tacos que los castellanos empleamos, al estilo de un vivo “joder”, cuando algo sale mal. Vamos, ¿quién no ha dejado escapar un “diosss” en ese breve momento?, ¿y ese “DIOS” lleno de rabia cuando quieres ensañarte con el prójimo? Se me ocurren demasiados…

Sin embargo, con la mano en alto y sobre la Biblia, juro que en alguna ocasión intenté suprimir dicho comodín de mi extenso vocabulario, porque bien es cierto que es una palabra casi vacía que esconde una reacción según el tono con el cual se cita. Esta necesidad responde a creencias y defensas un poco adolescente, vamos, rebeldes sin razón. He conseguido superar la fase de “en plan de…” (gracias asterdeños) pero, maldita sea, no puedo disimular el uso de “dios”. Creo que todos tenemos la necesidad interior de alzar la mirada hacia el cielo, el techo, el o la que está encima, lo que mejor responda a la situación, y creer que hay un ser superior con el que necesitamos comunicarnos. ¿Un secreto? simplemente hablamos a nuestra voz interior, así que no juzguéis a los locos; yo no tengo muy claro quién es el cuerdo y quién es el chiflado.

 

octubre de 2008

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