La luz roja

Solo me pidió una cosa: recordar una vez más el olor de aquellos muebles oscuros, el tacto de aquellas sábanas verde botella y el hedor de la noche pasada. Tropezar ligeramente con las copas de vino, que descansan a los pies de la cama, y rebuscar su jersey para cubrirse contra el frío. Volver a la cama entonces, para no pensar nada, y mirar la liviana luz roja que procedía de la mesa.
El tibio frío que se cuela por la ventana, la piel de gallina y descubrir que ya no estaba.

No creo que una mujer impresione tanto como para llenar tu casa de bombillas de color rojo…

 

(Dedicado. Abril de 2009)

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