Casualidades, otra vez

Bajamos las escaleras de madera. A cada paso crujían un poco más pero nuestras risas disimulaban el desastroso ruido. Su brazo rodeaba mi espalda, mientras nuestras caderas chocaban en un atrevido baile. Nuestro tercer acompañantes había decidido vivir una pequeña aventura, de esas que solo nosotros sabemos valorar. Había tomado la determinación de subir en el viejo ascensor que llenaba el hueco de la escalera. Aquello sonaba como si las poleas hiriesen el cuerpo desnudo de un flagelado. No exagero.

De pronto el ascensor chocó contra algo; siguió un ruido metálico y unas puertas que se abrían. Un pequeño susurro que maldecía y una risa, de esas flojas que solo nosotros sabemos valorar. Mi acompañante dejó de abrazarme, apartó el brazo mientras se meneaba para que su abrigo volviera a poner las costuras donde debían estar; ¿has entrado ya en calor, no? me dijo.

Fui yo: apreté el timbre de la puerta, abrí brúscramente y me topé de frente con una sombra envuelta en un abrigo color verde botella. El pelo rubio, corto y muy rizado.

De esa situaciones en las que no sabes por qué, pero lo sabes. Me vino a la mente tu imagen: con un cigarrillo recién liado en la mano, un tercio en la otra. Sentado en el sillón de tu casa, en el que duermes cuando estas conmigo. Tenías los pies descalzos, lo recuerdo. Te pregunté el por qué de muchas cosas, el por qué después de tantos años. Y te atreviste a contarnos la historia de las bombillas rojas.

¡Dios! Sabía que era ella.

En el momento oportuno: las doce y media de la noche. Con el dedo pulsando tu piso y una servilleta en el otro. De película.
Uno de los chicos entabla conversación. A estas alturas supongo que puede imaginarse quién de los dos: ella le mira con desdén, casi desde un nivel inmediatamente superior.

– El chico de ese piso ya no vive aquí.

– Ah, pues pensé que sí. Es la dirección que me dio el otro día.

– Pues no está en Madrid.

– Ya lo sé. Le vi en Barcelona. – nos contesta ella.

Con cierta desgana nos pregunta quién somos nosotros. Los nuevos inquilinos le decimos. Y sin cortarse un pelo nos dice que sabe perfectamente que en esa casa no pueden vivir tres personas porque solo hay una habitación, y además tiene media pared falsa. Luego me mira a mí y añade, que yo tengo pinta de vivir ahí por mi estatura.

Las cosas claras y las historias planas: había vuelto a buscar sus cortinas color vino. Y dejó una nota en la nevera: las bombillas rojas son tuyas.

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