Plasito

En enero de mi segundo año de carrera, al acabar las vacaciones de navidad, Hermesnos dejó. El vacío que dejó era insoportable, volver a la cocina y ver ese hueco que había dejado.

Pocos días después conseguí convencer a mis padres de que necesitaba un nuevo compañero. Una tarde nos pusimos a buscar un bichín al que adoptar. Pasamos por un par de tiendas hasta que pensé en una tienda de animales que hay frente alGregorio Marañón. Mi padre esperó fuera con el coche, impaciente. Mi madre y yo entramos en la tienda, después de habernos quedado embelesadas en el escaparate.

Allí estaba él, era tan pequeño que cabía en la mano, tenía el pelo de pinchito pero era muy suave, cara de bebé y una pequeña calva en la cabecita, donde tenía un enorme rizito. Le pregunté a la mujer si era un niño o una niña, y me respondió que era un macho. Ya no había más que hablar, era él.

Yo estaba de exámenes, era finales de enero, así que me quedé en casa. Mis padres subieron a recogerle con una jaula toda azul, que sería su casita. Durante el viaje, el pobre fue muy asustado, moviéndose de un lado a otro de la jaula, con el traqueteo del coche. Al llegar, allí estaba yo, que le cogí en la mano y me lo acerqué para darle calor y calmarle. La primera vez que sentí que me lo comía a besos, con sus pedazo de orejas coloradas, con sus ojitos desorbitados.

Dos días después, mientras se acercaba la hora de la cena, Plas empezó a dar saltos. Mi padre pensó que estaba enfermo, incluso decía que lo devolvería a la tienda. Era tan pequeño que aún no sabía pitar para pedir comida.

Poco a poco se ganó su rutina: hierbas por la mañana, fruta al medio día, tomate para cenar y su platito de pienso para pasar la noche. Solía beber agua antes de limpiarlo, por las mañanas, se ponía nervioso pensando que no le volveríamos a poner el biberón. Nunca le gustó el agua, así que le limpiaba con una toallita de bebés, y me peleaba con él para poder cortarle las uñas. Cuando veíamos la tele después de cenar, nos hacía compañía y se acurrucaba en nuestros brazos, hasta que parecía que entraba en trance de lo muy agusto que estaba.

No hemos podido cuidarte mejor, ni quererte más, y estos años serán inolvidables por todos los momentos graciosos y tiernos que nos has dado.

 

26 de junio de 2010

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