¿Qué querías de mí?

Se despidió de él en la puerta del metro y bajó presurosa las escaleras. Echó un vistazo al andén y se decidió esperar a la altura de la cabecera del tren.

Probando esa suerte y fortuna de que haya cobertura en el metro marcó el número de su más confidente amiga. Parecía que ella hubiera estado esperando esa llamada toda la tarde porque respondió en seguida con un “cuenta todo”.

“Tampoco tengo mucho que contarte”, respondió ella escondiendo el mentón dentro del abrigo. “Ha estado divertido pero no puedo aguantarlo mucho más. Es odiosa es forma que tiene de mirarme, como si fuera un perro abandonado, como si yo me fuera a marchar en cualquier momento. No sé, esa mirada no es de adoración, es una constante amenaza de sin tí no podré vivir. Me molesta profusamente que me diga que cuando no me ve, cuando no me tiene y, atenta, cuando no me puede besar, fuma mucho más. Bueno no sé, supongo que eso es elección del que fuma, no tiene por qué cargar a los demás con su adición.”

Al otro lado del teléfono se hizo el silencio hasta que de pronto su amiga le respondió un largo y sonoro “ya…”. Volvió a hacer una pausa y empezó a reír. “Bueno, la verdad es que sinceramente te lo puedes pasar bien a ratos pero en el cómputo general de todo este asunto, resulta un tanto cargante. Sus atenciones no son halagadoras, son un coñazo”.

“¡Sí!”, respondió ella rápidamente. “De verdad, es cargante hasta decir no puedo más”. De pronto su teléfono vibró. “Oye te llamo cuando llegue a casa, me han enviado un mensaje”. “Muy bien”, respondió al otro lado del teléfono.

Fue directamente al menú de mensajería y miró el remitente. No podía creerlo, otra vez. “Que pesado”, pensó casi en voz alta. Y tan solo pudo leer “estoy en el andén de enfrente…”.

Perpleja miró al andén de enfrente, le miró con esa mirada de odio que ella guarda para ocasiones casi diarias. Marcó su número y respondió: “Muy bien. Me mientes, me dices que vas en autobús, me escuchas y me espías. ¿Eres más feliz ahora? Tu cara de no me abandones ha llegado a su punto máximo. ¿Qué quieres de mí?”.

Colgó y en ese momento entró en la estación el tren que esperaba él. Ella no volvió a mirar al andén de enfrente, sólo miró temblorosa el tiempo que le quedaba de esperaba. Después, volvió a coger el teléfono y borró todo lo que había de él.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s