Recuperando relatos que escribo de vez en cuando…

Lo cierto es que tardaría tres minutos en contar como había llegado hasta allí y, sin embargo, la última escena siempre le pareció que duro una eternidad.

Tal vez fuese que aquello no iba con ella o, ¿tal vez sí? Al fin y al cabo siempre ha pensado que quien es infiel es quien rompe la relación, y de estas cosas entiende.

Solía decir que se había documentado con todo tipo de películas de amor con las que alguna vez se sintió identificada, con finales felices y finales triste. E incluso podría contar un par de historias vividas en primera persona que la habilitan para decir que pasar de ser la primera persona en un bonito cuento de amor a ser la tercera no resulta cómico ni dramático. Es simplemente, falso.

Aunque ahora poneros en el lugar de quien es la nueva primera persona (o así se siente), ajena a una guerra de miradas que batallan frente a ella, entre las que la mentira, el disgusto y el miedo intentan darle una bofetada de realidad. Como si la mejor noche de su vida hubiera sido tan irreal que de pronto ya no sabía si estaba soñando.

Tenía un café bien cargado en la mano, en la otra un donuts de azúcar. Por pijama se había tomado la licencia de coger una camisa azul claro típicamente de oficina, que le quedaba bastante amplia. Y allí estaba sentada sobre la encimera de una barra americana cuando de pronto ella abrió la puerta.

De pronto el mundo se enmudeció o ella dejó de oírlo. No se escuchó ningún otro ruido en toda la casa. Con toda la frialdad que pudo soportar, manteniendo el pulso de su mano que empezó a temblar, dejó la taza sobre la encimera.

Aquella chica cerró la puerta suavemente, miró sus piernas desnudas que colgaban desde lo alto de la encima, la camisa mal abrochada y por último su cara. Frunció el ceño y dejó las llaves en la mesa baja que había junto a la puerta.

En ese momento él bajó del piso de arriba, sin darse cuenta de que en aquel diáfano salón tres eran multitud. Ella no preguntó,  y ahora Nat estaría segura de que simplemente no quería escuchar ninguna explicación banal. Le tendió una bolsa del papel que olía a desayuno y musitó algo así como “nunca lo habría esperado de tí”.

Se dio la vuelta, abrió la puerta con naturalidad y se marchó. Durante mucho tiempo sus llaves se quedaron sobre la mesita de la entrada. Ahora que reviso estas notas con Nat, desde un principio reconoció que se negaba a hablar sobre la que entonces era la primera persona, sobre aquella chica con la que nunca habló y a la que nunca le pidió perdón. No quería saber quién era, cómo era y mucho menos cómo estaba su relación. Eso solo hubiera hecho que su frialdad para estas cosas se hubiera debilitado, sabiendo que pondría un final triste a un bonito cuento. Pero si sientes que él es con quien debes estar y te corresponde, el resto no era cosa suya.

La chica que está frente a mí, una sombra del personaje principal de esta historia, ahora dice haber cumplido su sueño. Está trabajando en su segundo libro con mi colaboración, aunque me he quedado atrapado entre esas enmarañadas locuras de su vida que siempre cuenta a medias. Publicó varios artículos en un par de revistas de moda, alquiló en dúplex y se despierta todos los días viendo unas montañas de las que nunca recuerda el nombre. Pero no es feliz.

(To be continued…)

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