La teoría del segundo plato (4ª entrega)

Reconozco que Nat despertaba en mí un sentimiento a veces un tanto confuso. Me gustaba charlar con ella y pasear juntos a sus perros pero por otro lado, la hubiera tomado de la cintura y la habría arrastrado hasta la cama. Aunque tenía la sensación de que si lo hacia tendría que salir de su vida porque habríamos roto esa estrecha cercanía en nuestras conversaciones.

Un día me invitó a que saliéramos un poco, tomarnos unas copas y bailáramos. La propuesta era atrevida pero acepté. Cuando llegué al local la encontré charlando a viva voz con unas amigas en un pub que solía frecuentar. En cuanto me vio se levantó de un brinco y se acercó; me quitó el abrigo mientras bailaba y cantaba en torno a mí y, se lo dio a unas de sus amigas. Me hubiera gustado que hubiera seguido con el resto de mi ropa pero me dejé llevar por ella en lugar de intentar cualquier otra cosa. Me agarró de la mano y me hizo bailar con ella. Sin esperarlo se acercó a mi cara y en una especie de ronrroneo me dijo: no es la primera vez que alguien me mira así. No lo estropeemos.

A veces me cansaba de sus juegos hasta donde mi paciencia no se extendía. Así que por una vez me atreví a molestarla y respondí a su insinuación: ¿Quién te miro así?

Por descontado que no me contestó y tampoco me prestó demasiada atención el resto de la noche mientras se unían algunos miembros más de su grupo de amistades. Ya de madrugada parecía estar cansada y con alguna copa de más. La llevé a mi casa y aún hoy me miento a mí mismo diciendo que no me iba a molestar en buscar sus llaves para llevarla a casa.

La tumbé en mi cama y le quité los zapatos. A mí no me quedó otra que acomodarme en el sofá.

Al día siguiente cuando me desperté, ella estaba sentada en el sillón. Tenía una taza de café en la mano y las piernas desnudas. Se había quitado el vestido y en su había tomado prestado uno de mis jerseys de invierno.  Parecía tan menuda que ahora entendía eso que solía decir de que parecía frágil pero no lo era.

– Hola – me dijo con tono curioso.

– Buenos días – le dije desperezándome. – ¿Qué tal?

– La verdad es que bastante bien para haber bebido tanto y no estar preparada para ello. Aunque tu cama debe hacer milagros también.

– Gracias, te invitaría más a menudo pero el sofá no es muy cómodo.

– No vamos a jugar a eso. – Dijo en tono cortante y cambiando de postura en el sillón.

– Muy bien, entonces vamos a jugar a que me respondes quien te miro así.

– ¡Qué pesado! – Respondió entre risas. – Tomy – dijo con una voz narrativa – Sus amigos le llaman así aunque obviamente se llama Tomas. Le conocí en un concierto, teníamos amigo es común… Intercambiamos los teléfonos y un día me invitó a tomar algo. Charlamos bastante rato y así empezamos a vernos hasta que un día intercambiamos cuatro besos tontos. Desde ese día yo supe que lo nuestro nunca seria algo serio y así se lo hice saber. Nunca nos enamoraremos y si alguno lo hace esto tendrá que terminar con esto.
Obviamente el final ya lo conoces. se jactaba de una actitud con la que presumía que yo me enamoraría perdidamente de él y mis palabras no valdrían nada. Pero él se enamoró de mí mientras yo disfrutaba de esa libertad que te da tener a alguien pero sin implicarte demasiado en su vida.

– ¿Y cómo se lo dijiste?

– ¡¿Tienes prisa?! Le dije que me gustaba ser el segundo plato porque todo era más fácil.

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