La teoría del segundo plato (6ª entrega)

Nat no siempre me hablaba de su vida sentimental. A veces simplemente parloteaba de asuntos mundanos, de sus amigos o de sus viajes. Siempre tenía una frase para definirlo y resumir todo, y a todos.

Fue en una de estas ocasiones que, estando los dos sentados en su salón se levantó y buscó algo en el armario de las tazas. Sacó una libreta de tapas color vino, se volvió a sentar en el sillón y lo abrió.

– Esto es una especie de diario, más que contar mis historias escribo frases, teorías absurdas y anécdotas que me han pasado. – dijo, y empezó a leer:

Cuando vivía en Madrid prácticamente a cada instante la gente me daba un motivo para montar una nueva teoría o escribir una anécdota bastante absurda. No sé, pero creo que esa ciudad me hacía ser peor persona.

Una tarde, volviendo del trabajo en el autobús, iba yo enfrascada en la lectura de un librito, de estos amenos que te hacen olvidarte del mundo con su tinte de humor inglés. Realmente estaba absorta leyendo, había visto la adaptación al cine y, como suele pasar, el libro era aún mejor. No era consciente de quién iba a mi lado y menos aún de quien subía o bajaba.

En un momento de plena catarsis emocional fomentada por mi identificación con una de las escenas del libro, obviamente de referencia tímidamente sexual, noto la presencia más que cercana de alguna individua que está de pie junto a mí. Yo estoy sentada junto al pasillo, en la parte trasera y el autobús, que va lleno. Me molesta porque se está apretujando contra mi brazo izquierdo, cuando puede fastidiar con el mismo gesto al brazo derecho de mi vecino. Decido no levantar la cabeza a sabiendas de que es una de esas señoras lo suficientemente mayores para criticar a la juventud que no cede su sitio pero, lo suficientemente joven para aguantar de pie su trayecto.

Me llega el olor de su perfume, de abuela, y sin hacer movimientos bruscos veo el forro peludo de las mangas de su abrigo. Sigo sin inmutarme mientras vuelvo a concentrarme en mi libro. Percibo que, justo detrás de mi línea de asientos, el autobús va más vacío. Está utilizando una táctica de presión que no funciona conmigo. De pronto, la mujer que va junto a mí, que andaba distraída mirando por la ventana, visualiza a la señora y le pregunta si quiere sentarse. Tal y como yo esperaba, conociendo a esta subclase de abuela petarda, ella le dice “uih no te preocupes de verdad. Estoy bien”. La otra mujer asiente y otra voz de señora petarda dice: nada, los jóvenes ni se dan cuenta. Decido hacerme la sorda, no es la primera vez que discuto con una petarda de estas. Pero ella sigue haciendo presión y yo sigo estando sorda y ciega. Por suerte el vecino del otro lado se levanta y continúo el viaje más tranquila.

No llegué a ver su cara.

bicicleta fotos indie tumblr

 

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