Microrrelato en el metro

Supongo que ya no escribo en parte por falta de tiempo o en parte porque no tengo un lugar para sentarme a ello. Aunque escuchar el teclado de mi portátil me resulta más melódico que el de mi viejo portátil y eso ayuda a concentrarse. El caso es que sí, a veces tengo nostalgia y, una de esas veces, va a ser hoy.

Libros e historietas del metro las hay patadas, pero una más no hace daño.

Pensad que las buenas historias del metro pueden durar apenas un minuto; la típica tontería de nos cruzamos las miradas y bla bla bla… a ver, esa historia la podemos contar todos como un par de veces a la semana.

No, esta es de las que duran un minuto.

Ella tiene el pelo muy oscuro recogido de forma desenfadada en una coleta. Lleva un abrigo claro demasiado grueso para esta época del año, a pesar de la locura de tiempo. Se suele remangar un poco el bajo de los pantalones hacia arriba para que se vean los tobillos y esas recién estrenadas ADIDAS blancas que lleva todo el mundo. En la mano carga un gran bolso y una bolsa, supongo que va a trabajar. Mira insistente hacia el vagón del otro lado, se mueve a pequeños pasos hacia su derecha como queriendo dejarse ver entre mucha gente cuando está sola en el andén.

Frente a ella el metro que espera ya se ha ido vaciando, es la ventaja de subirse en Ríos Rosas. Tomando posición frente a la puerta trasera hay un chico, con una parca oscura, el pelo recién lavado y una pose bastante seria. La mira con gesto menos efusivos. Saca su teléfono del bolsillo (no voy a hacer publicidad de marcas) y selecciona un nombre de entre sus últimas llamadas.

Ella, que está analizando cada movimiento del chico empieza a moverse balanceando los pies y baja el labio es un forzado gesto de tristeza. Se señala así misma con el dedo sobre el pecho y cambia su cara a una completa interrogación.

Él sigue pareciendo inmune a todo eso y solo le preocupa que el teléfono dé señal.

De pronto ella mira a su bolsillo y saca a su teléfono. Su cara se ilumina y sube la mirada hacia el chico. Responde sin dicer nada mientras da pequeños saltitos sin separar los pies del suelo.

Él solo le dice: ya te echo de menos.

Y el metro arranca y así empiezan su día.

Foto: IsoRepublic

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